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Análisisviernes, 29 de diciembre de 2023

Vivir y morir ¿en democracia?

Mi querida amiga, la gran poeta Blanca Luz Pulido, me hizo hace meses un obsequio. Puso en mis manos una edición de 1999 de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, en traducción de Julio Cortázar, publicada por Editorial Sudamericana.

Entre las Memorias de Adriano y el taxista, volví a mis subrayados del libro. El encaje estaba en muchos de ellos como suerte de lecciones para estas cavilaciones.

Por ejemplo, cuando el emperador dice que “Quería el poder. Lo quería para imponer mis planes, ensayar mis remedios, restaurar la paz. Sobre todo lo quería para ser yo mismo antes de morir”.

Imaginé que el presidente tabasqueño se miraba al espejo diciendo: “Mi deseo de poder era semejante al del amor, que impide al amante comer, dormir, pensar, y aun amar, hasta que no se hayan cumplido ciertos ritos”.

Me dije que algunos amaneceres, tras tomar su baño, al despejar con las manos el vapor, se ha dicho que “Ningún jefe de Estado soporta de buen agrado la existencia de un enemigo organizado a sus puertas”.

Que al acudir a las conferencias mañaneras se confiesa en silencio que “He mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos”.

También, mientras camina en Palacio Nacional que “Me hubiera agradado la profesión de médico; su espíritu no difiere en esencia del que traté de aplicar a mi oficio de emperador”.

“(…) nos esforzábamos penosamente por hacer del Estado una máquina capaz de servir a los hombres, con el menor riesgo de triturarlos”.

México ha sido, es y será un país de todo tipo de emperadores y emperatrices. Apreciadas lectoras, lectores: un venturoso 2024.

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