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Para muchas personas LGBTIQ+, estas fechas no se viven desde la alegría, sino desde la contradicción, la nostalgia o incluso el dolor; no todas las familias celebran igual, no todos los hogares son espacios seguros y volver a casa puede implicar para muchas de ellas, volver al silencio, a la incomodidad oa la negación de quienes realmente son, hay quienes vuelven a casa sabiendo que deberán editar su historia, cuidar cada palabra y esquivar miradas incómodas, pero también hay quienes simplemente no vuelven.
Pasar estas fiestas lejos de la familia no siempre es una elección libre, se convierte en un acto de amor propio y en una forma de proteger la salud mental, la identidad y la dignidad, y aunque muchas veces es una decisión necesaria, no deja de doler. A la carga emocional se suma la expectativa social: “Es tu familia”, “Es Navidad, haz el intento”, “Seguro con el tiempo entienden”, este tipo de frases aunque vengan desde la mejor intención, ignoran que no todas las personas LGBTIQ+ tienen el privilegio de ser aceptadas por sus familias, y no, no siempre es cuestión de tiempo, muchas veces es cuestión de contextos profundamente conservadores, de creencias religiosas muy rígidas y de prejuicios que no cambian con una cena al año.
Es cierto que para la familia, comprender la diversidad implica desaprender décadas de ideas erróneas y eso, aunque no nos corresponde cargarlo, sí forma parte de nuestra realidad. Se exige a las personas LGBTIQ+ una pedagogía constante, que expliquen, que convenzan y que eduquen, elegir nuestras batallas significa priorizar nuestro bienestar, la batalla puede ser poner límites claros, retirarnos de la mesa, quedarnos y explicar con calma o simplemente descansar y no dar ninguna explicación. La paciencia con nuestras familias, aunque pueda sentirse torpe, cansada y contradictoria, no es justificar la violencia y el rechazo, es apostar por una posibilidad de transformación sin poner en riesgo nuestra integridad, no todas las batallas se ganan al mismo tiempo ni en el mismo frente.
Cuando la familia de origen no puede o no quiere acompañarnos, la familia elegida, amistades que se refugio vuelven, colectividades que nos sostienen y espacios comunitarios que nos abrazan, nos muestran que el amor nace del reconocimiento mutuo. Vale la pena preguntarnos más allá del deseo individual: ¿Qué puedo hacer yo para que 2026 sea un año más justo, más empático y más abierto a la diversidad?
Tal vez la respuesta esté en cuestionar un mal chiste, en abrir desde la honestidad una conversación incómoda, en informarnos mejor, en acompañar a alguien que no la está pasando bien, en dejar de normalizar el rechazo en nombre de la tradición, en revisar nuestras creencias, en escuchar más y juzgar menos, o en entender que la diversidad no amenaza, sino que enriquece.
Mientras tanto, que este cierre de año aunque no sea perfecto, sea un recordatorio de algo importante: Si tu hogar, casa o familia no son un espacio seguro, no estás fallando y si eliges cuidarte, no eres egoísta, en estas fechas mereces estar en compañía de quienes te aman y valoran por ser quien eres, estar en espacios donde no tengas que ocultar quién eres para celebrar la vida, el amor y tus logros. En un mundo que todavía cuestiona nuestra existencia, llegar al final del año siendo quienes somos no es un hecho menor, es una conquista y un acto de valentía.
Desde este espacio, seguiremos escribiendo, escuchando, cuestionando y tejiendo comunidad, apostando por una narrativa donde la diversidad sea entendida como parte esencial de nuestra sociedad. Muchas gracias por leer y por resonar con nosotres, que este 2026 nos encuentre más conscientes, más unides y más valientes, deseando que cada vez seamos más quienes entendamos que vivir con dignidad no debe ser un privilegio, sino un derecho. ¡Feliz año nuevo!