Porque, por ejemplo, el mar de Aral cuando cumple los cinco millones de años de edad, desaparece como cuerpo de agua en la realidad (y en los crucigramas). Se enamora de las arenas, les sigue los pasos y se convierte en otra parte del desierto como son sus alrededores.
El caso de los ríos es alarmante, tanto en nuestra patria como en otros países y más grave todavía lo que señala Andrés Sahuquillo Herráiz, de la Universidad Politécnica de Valencia:
Los afectados por los desastres
Hay algo más, que reviste también preocupación:
Las áreas urbanas no se salvan. En tal sentido explican la probabilidad de que durante las próximas décadas los espacios que se construyen hoy, operen en condiciones climáticas diferentes.
Otro factor de mayor impacto en la pérdida de ecosistemas y su biodiversidad y, por ende, de los servicios ambientales: la deforestación, causada por las actividades agropecuarias, por lo que es indispensable frenar o disminuir drásticamente la misma en el país.
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Ríos que se secan, lagos que desaparecen, mares que se contraen, bosques y selvas que se desvanecen, es la realidad más clara del cambio climático, de la cual México no se salva. Y sobran los botones de muestra, como es el hecho de que en la región centro norte del país (Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí y Querétaro) al menos 92 manantiales y 2,500 kilómetros de ríos se han secado.
Por ello, Roberto Dirzo ha lanzado la alerta a través de la Comisión Nacional para el Conocimiento y uso de la Biodiversidad (Conabio), para señalar que “120 de las aproximadamente 200 especies de peces de agua dulce de esa zona son consideradas como amenazadas de extinción y 15 ya estén extintas”.
Hoy que Barack Obama y el papa Francisco hacen el uno dos en la materia, y desde Washington el pontífice señala al mundo que “el cambio climático es un problema que no le podemos dejar a las generaciones futuras”, además de considerar “en lo que respecta al cuidado de nuestro hogar estamos en un momento crítico; estamos a tiempo de hacer el cambio que necesitamos, de crear un mundo sostenible”, es necesario hacer una reflexión sobre el asunto.
Mientras tanto, en China aseguran que de los 4,777 lagos que existían, más de la mitad han desaparecido en los últimos veinte años. El Confidencial afirma que hace 20 años, según los registros oficiales, había en aquella nación 50 mil ríos de más de 100 kilómetros cuadrados. Según el primer Censo Nacional del Agua (que el Gobierno chino hizo público), hay únicamente 22.909.
Rodolfo Dirzo, en su obra Trayectorias de Cambio y Estado de los Ecosistemas, también documenta que hacia 1993 la cobertura original arbórea y arbustiva del país se había reducido a 54 por ciento, llegando en 2002 a sólo un 38 por ciento y, en la actualidad una gran parte la vegetación remanente está fragmentada.
“En el sureste de Asia, el norte de China, Méjico y en casi todas las regiones áridas y semiáridas del mundo se ha producido en las tres últimas décadas un aumento exponencial del riego con aguas subterráneas, en un proceso que Llamas (2004) denomina como revolución silenciosa por haberse realizado por millones de agricultores pobres de esos países, que han perforado millones de pozos, sin apenas control ni ayuda técnica de las agencias de agua, ni subvenciones del Estado o de organismos estatales. Pozos de los que estima que es probable se extraigan entre 700 y 1000 km3 /año de agua. La causa principal para que se produzca este hecho es que el coste de la explotación de las aguas subterráneas es relativamente pequeño”.
Y como dice el Programa Especial de Cambio Climático 2014-2018 de México, queda claro que nuestro país ha logrado avances palpables en cuanto a entender la problemática de conservación de la biodiversidad. “Por una parte, resaltamos el avance conceptual, evidente desde el título mismo de Capital Natural y Biodiversidad de México, que trata de capturar el valor de la biodiversidad desde una perspectiva social”, expone.
Sin embargo, “ahora se propone concebir los problemas de conservación de la biodiversidad en términos de la erosión o pérdida de especies, poblaciones, o cultivares, Así como el deterioro antropogénico de la funcionalidad de los ecosistemas, mismo que se traduce en pérdida de los servicios ambientales, de los cuales a su vez depende, en última instancia, el bienestar social”.
Dice también que no obstante, los esfuerzos realizados hasta ahora en la cuantificación de los procesos ecosistémicos y de relacionar adecuadamente los servicios ecosistémicos al bienestar social, “se encuentran en su infancia no solo en México, sino en todo el mundo, y representan una avenida de trabajo no solamente de importancia académica, sino de gran necesidad, en especial en un país megadiverso y con problemas de conservación tan agudos como el nuestro. Más rudimentaria aún es la meta de inculcar en la sociedad la percepción de que la conservación ecosistémica y de sus servicios es de interés central para el bienestar nacional”.
Los factores en la ecuación del clima, son variados. En el mencionado programa se habla de la vulnerabilidad social en México, cuyo factor determinante es la pobreza. Y se lanza un recordatorio: de acuerdo a información del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), la mitad de la población en México vive en condición de pobreza.
“Se estima que 68 por ciento de la población ha sido alguna vez afectada por desastres, cifra que coincide con los grupos en situación de pobreza y extrema pobreza. Estos grupos habitan en viviendas precarias y zonas de alto riesgo ante desastres climáticos, como laderas de montañas, barrancas o zonas susceptibles de inundación (orillas de los ríos o en planicies con baja permeabilidad)”, explican.
En tal sentido, el reciente simulacro nacional realizado reviste particular importancia. Los mexicanos esperan que se sigan efectuando aunque en cada entidad de acuerdo con los riesgos de posibles desastres para cada zona, es decir, bajar ese tipo de programas educativos a los municipios.
El programa sobre cambio climático, en su diagnóstico refiere también que el sector agropecuario se encuentra estrechamente vinculado a las actividades cotidianas de la población mexicana y además de ser una fuente de ingresos importante también es vital para la alimentación de las personas.
“Éste es uno de los más vulnerables y a su vez uno de los que más impacta la integridad ecológica del país. Los aumentos en la temperatura, así como los cambios en las temperaturas extremas y en la precipitación, podrían provocar severas disminuciones en la productividad de este sector”, precisa.
“Por ello, resulta importante incluir criterios de cambio climático en el diseño y construcción de viviendas, como de infraestructura hospitalaria, energética, de comunicaciones y transportes, turística, así como en todos los instrumentos de ordenamiento territorial, para contar con mayor resistencia de la infraestructura y zonas seguras para la población ante condiciones de clima distintas a las actuales”, precisan.
La Estrategia Nacional de Cambio Climático (ENCC), recuerdan, señala que los impactos económicos provocados por los fenómenos hidrometeorológicos extremos “han pasado de un promedio anual de 730 millones de pesos en el periodo de 1980 a 1999 a 21,950 millones para el periodo 2000-2012”. Acumulamos muchas pérdidas
Los especialistas de diversas instituciones han señalado que ante un clima cambiante y la posibilidad de riesgos climáticos en aumento, “la respuesta es reducir lo más posible la vulnerabilidad social”, lo cual implicará aumentar las capacidades de adaptación, incrementar la resiliencia o inclusive la transformación social.
Sí, porque en México “se han perdido 127 especies vegetales de las cuales 74 eran endémicas; se estima que en 2002, la cobertura vegetal natural cubría solo el 50 por ciento de la superficie original; entre 1976 y 2009, las cuencas del Golfo de México fueron las que más vegetación primaria perdieron; en 2002, un estudio consideró que el 45 por ciento de la superficie de suelos del país presentaba algún tipo de degradación”.
Y hay que pensar en el futuro, en los nietos, bisnietos y tataranietos, porque debido al cambio climático, se proyecta que “México, perderá en los siguientes 30 años una elevada proporción de bosques de coníferas y encinos y gran parte de la vegetación de sus desiertos. Se prevé que para el 2050, cuando menos 15 mamíferos terrestres reducirán en 50 por ciento su rango de distribución; de éstos, 9 especies endémicas de México perderán más del 80 por ciento de su rango de distribución histórica, y al menos 13 incrementarían en el doble o más su área de distribución.
Y aun falta porque además, el aumento en la temperatura “ha contribuido a la introducción y establecimiento de especies exóticas invasoras que desplazan a las especies nativas que sean más vulnerables ante las nuevas condiciones climáticas. Diversas investigaciones sugieren que el cambio climático podría disparar la expansión de especies invasoras a nuevas regiones”.
Por si no fuera suficiente, diversos estudios han demostrado “que el aumento de CO2 disminuye la calcificación de los corales y su crecimiento hasta en 40 por ciento. Las especies estuarinas (camarón, lisa, ostras, corvina) podrán verse afectadas por cambios en las descargas de tierra adentro, así como por el aumento del nivel del mar. Las surgencias pueden variar de intensidad, en cuyo caso las asociaciones de pesquerías pueden desplazarse geográficamente (sardina, anchoveta y calamar)”.
Dado este panorama, queda claro, dicen, que la recuperación de los servicios ambientales se encuentra íntimamente relacionada con la modificación y diversificación de prácticas productivas que por un lado, logren ser más sustentables y por el otro, generen ganancias en el marco de un enfoque equilibrado.