La presidenta de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, afirmó que la Reforma Electoral debe garantizar que el crimen organizado no influya en las elecciones y que el voto de los mexicanos sea respetado
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En 2026, la Ciudad de México, al recibir la Copa Mundial de futbol, será vitrina global que proyecta la imagen de México a millones de personas. Sin duda, abre oportunidades económicas, turísticas y de posicionamiento internacional. También implica costos, impactos, tensiones y decisiones políticas que deben asumirse con responsabilidad y visión de largo plazo.
Uno de los grandes retos será medir con evidencia científica los impactos económicos, sociales, ambientales y urbanos. Será fundamental contar con indicadores basados en evaluaciones independientes, transparentes y participativas. Para ello, el papel de las cámaras empresariales, universidades y organizaciones de la sociedad civil será clave.
Desde lo económico, el Mundial generará una derrama relevante, aunque acotada en el tiempo. Varios hoteles, restaurantes, transporte, servicios turísticos y comercio se verán beneficiados, pero es importante reconocer que los beneficios no se distribuyen de manera homogénea. Suelen privilegiar a unos cuantos por encima de un verdadero esquema redistributivo. Las exenciones y facilidades tributarias, aunque comunes en este tipo de megaeventos, deben ser transparentes. En una Ciudad con profundas desigualdades, resulta legítimo preguntarse si estas decisiones contribuyen al bienestar colectivo o si profundizan la concentración de beneficios en unos cuantos actores privados.
En materia ambiental, el Mundial llega en un momento complejo para la Ciudad. La huella ecológica: movilidad, consumo energético, generación de residuos, presión hídrica, no puede ignorarse. Las acciones de mitigación deben estar en la agenda pública colectiva y del Gobierno de la Ciudad de México. No se trata sólo de cumplir con una dinámica internacional masiva puntual, sino de dejar capacidades instaladas que beneficien a la Ciudad, y sobre todo a su gente.
El Mundial también pone sobre la mesa la desigualdad en el acceso al propio evento por los altos precios de los boletos y la especulación generada. Esto obliga a reflexionar sobre mecanismos de acceso social, actividades públicas y espacios comunitarios que permitan que el Mundial se viva también desde lo local.
2026 debe ser una oportunidad para repensar el deporte como política pública: acceso al deporte comunitario, infraestructura barrial, promoción de la actividad física, igualdad de género, prevención de la violencia y uso del deporte como herramienta de cohesión social y cultura de paz. El Mundial puede ser un catalizador para fortalecer estas agendas si existe voluntad política y trabajo del Gobierno con el sector privado y la sociedad civil.
La Secretaría de Gobierno tendrá un papel clave para garantizar el diálogo con la ciudadanía, colectivos, comerciantes y organizaciones sociales ante posibles tensiones por movilidad, seguridad, espacio público o protestas. La experiencia internacional muestra que la gestión del conflicto y la escucha activa son tan importantes como toda la parafernalia logística.
El Mundial 2026 puede ser una gran oportunidad o una ocasión perdida. Todo dependerá de si la Ciudad decide mirarlo más allá del espectáculo, como una oportunidad para corregir desigualdades, mitigar los impactos negativos y fortalecer lo público con visión social.