Hojas de papel | ¡No quiero leer!
De pronto me espeta: “¡Yo no he leído ningún libro por mi propio gusto; no quiero; no me gusta; no me hace falta!”.
El restaurante ofrecía un buen café, un buen pastel de chocolate y muy cómodo en su silencio, a pesar de la gran cantidad de asiduos al lugar.
No nos habíamos visto en mucho tiempo, era una especie de amistad cordial y añeja, pero por desgracia ausente ya tiempo atrás. Es que él se había ido, con su esposa e hijos, a vivir al extranjero en su ocupación como ingeniero arquitecto.
Él iba porque le gustaba el ajedrez y ahí había una buena cantidad de ajedrecistas siempre ensimismados y muy dispuestos a dar la batalla en un juego de estrategias, de concentración, avidez, inteligencia y reflexión.
Al paso compré algunos libros para mí. Y, para saludarlo, compré un libro: “El olvido que seremos”, del colombiano Héctor Abad Faciolince. Un libro que me impactó cuando lo leí y que, pensé, le gustaría leerlo a él.
Pedimos algo y hubo respuestas alegres, felices; dos amigos que nos encontrábamos después de mucho. Todo iba bien hasta que le entregué el libro. “Mira, te traje este libro, seguro te va a gustar”…
Gracias, no te hubieras molestado. De hecho ya sabes que no me gusta leer, no siento la necesidad… No me hace falta…
En parte me sentí algo ofendido porque al decir aquello era como rechazar mi obsequio, pero también porque volvíamos a las viejas discusiones de leer o no leer. O leer ¿para qué? O menos utilitario: ¿Leer, por qué?
Porque propicia a la imaginación… “la imaginación, la loca de la casa”… Y porque leer enriquece el alma, el conocimiento, las entendederas… Ya se sabe: "Los libros que tienen la palabra".
El me escuchó respetuoso, pero luego argumentó: Mira, la verdad es que he vivido sin leer un libro por mi propia voluntad y no me ha hecho falta; he vivido bien, y feliz.
No necesito leer para encontrar mundos que no me corresponden, mundos que no son los míos y que no tienen sentido para mí más allá de que ahí están y a muchos les gusta leer, a mí no.
Los programas educativos de México no han sido capaces de generar multitudes de lectores, y que éstos comprendan lo que leen.
La lectura nos hace libres. La lectura nos hace felices o infelices y nos enseña a soportar con múltiple fuerza los avatares de la vida. La interpretación de los hechos adquiere nuevas dimensiones, con más horizonte y con más altura.
Se es más feliz, sí, porque se entiende al mundo desde mil perspectivas en una sola vista y ya no existe esa ceguera por la que nada se ve y nada pasa, nada se entiende y nada ocurre.
Y se es feliz cuando se encuentra la luz en cada línea, en cada párrafo, en cada construcción gramatical que es arte y es ensueño y es la muestra de la capacidad humana para decir, pensar, reflexionar y poner bellezas en el entendimiento…




















