La CDMX bajo el asedio del sarampión
La Ciudad de México se enfrenta hoy a un espejo que devuelve una imagen inquietante: el regreso de una enfermedad que la ciencia ya había doblegado.
Las cifras que emanan de los boletines epidemiológicos de esta semana no son solo números, son el testimonio de una barrera sanitaria que se ha resquebrajado.
Con 184 casos confirmados en el acumulado de este brote y más de 440 casos probables bajo sospecha en las CDMX, la capital se ha convertido en uno de los focos rojos de una emergencia nacional que ya suma más de 9,000 contagios en todo el país.
Lo que resulta imperdonable es la anatomía de este brote. El dato de que el 81% de los contagiados en la ciudad no contaba con una vacuna es la prueba irrefutable de que fallamos en lo más básico.
Mientras el país registra ya 29 muertes a nivel nacional en este ciclo, la autoridad se apresura a cerrar brechas de vacunación que nunca debieron existir.
La columna vertebral de la salud pública es la confianza, y hoy, con el virus circulando por todo el país, queda claro que esa confianza fue descuidada en favor de otros ahorros presupuestarios.
Estamos en una cuenta regresiva frente a los organismos internacionales. Mantener el estatus de país libre de transmisión endémica no es un trámite burocrático, es la garantía de que el Estado puede proteger a sus ciudadanos.
Que en 2026 estemos discutiendo cercos sanitarios en escuelas y lugares públicos es un síntoma de que algo se rompió en el sistema preventivo. La salud no se garantiza con boletines de prensa, sino con jeringas llenas y cartillas completas.
El sarampión no es una anécdota del pasado; es una amenaza presente que nos recuerda que, en materia de salud, el costo de la inacción siempre se paga con la vida.
















