“Le Chat Noir”: ecos de una Francia perdida (I)
De ahí que su clientela estuviera conformada lo mismo por artistas bohemios (como comenzó a denominárseles) y de vanguardia de escasos recursos que por personajes ricos y famosos de París, además de periodistas, estudiantes, modelos y sexoservidoras.
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Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn 1873, en la colina de Montmartre -probablemente así llamada por estar dedicada al dios Marte- ubicada en la ribera derecha del río Sena a las afueras de París, comienza a construirse la Basílica del Sagrado Corazón (Sacré Cœur) y con ello comienza la historia del emblemático barrio homónimo en cuyo sector marginal norte se gestará una nueva estética que habrá de dar sello no solo a su ciudad sino a la misma nación gala.
El nuevo arte que en él cobra vida deviene de la cultura que comienza a inundar sus calles, irradiada desde el interior de los nuevos teatros y cafés-concierto (café-concert), circos, “music-hall” como el Olympia (1893) y, sobre todo, “cabarets”, que empiezan a fundarse, atrayendo a la juventud que habrá de inspirar a las nuevas vanguardias estéticas. Entre ellas, el impresionismo, en el que incursionarán artistas como Edgar Degas (1834-1917), Claude Monet (1840-1926), Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), Vincent van Gogh (1853-1890), Paul Signac (1863-1935), Henri Toulouse-Lautrec (1864-1901), Eric Satie (1866-1925), Pierre Bonnard (1867-1947), Henri Matisse (1869-1954) y, por supuesto, Amedeo Modigliani (1884-1920), todos ellos representantes de ese arte disruptivo, antigubernamental, multifacético, libre e independiente, que caracterizó al “fin de siècle” (fin de siglo) decimonónico.
¿Cómo nacieron los “cabarets”? La palabra “cabaret” probablemente procede del antiguo vocablo latino “camera” (cámara, recámara), que hacia el siglo XII pasó a las lenguas valona y picarda asociado con “camberete” o “cambret” (habitación pequeña) y al normando “chambrette” o “chamber” (taberna), siendo incorporado en el siglo XIII al holandés como “caberet” o “cabret” (posada o restaurante económico). A su vez, hay registros de que en el siglo XV, comienzan a establecerse cabarés en los que se servía comida además de vino, y para el siglo XVII eran el tipo de lugar más socorrido para cenar, al grado que comienzan a fundarse los primeros cafés “chantant” (cantantes), en los que se servía comida mientras se amenizaba con música y magia, tanto que algunos cabarés se convirtieron en puntos de encuentro para escritores, dramaturgos y poetas de renombre como Jean Racine (1639-1699), Molière (1622-1673) y Jean de La Fontaine (1621-1695).
Ya para el inicio del siglo XIX, se congregaban también en ellos músicos y pintores, solo que ahora predominantemente en lo que sería denominado como el “Quartier Latin” (Barrio Latino). Uno de ellos Le Caveau que tuvo que cerrar al comenzar a ser espacio de crítica al gobierno. Cafés que hacia 1850-1860, al promover Napoleón III la transformación urbana de París con el barón Haussmann, serán dotados de un pequeño escenario y de una sala (o jardín en el verano) para albergar a un mayor público, ubicándose inicialmente en los Campos Elíseos. Uno particular fue el Café des Aveugles, ubicado en los sótanos del Palais-Royal, donde tocaba una orquesta de músicos invidentes, que coexístió con el Café des Ambassadeurs (de los Embajadores) y Eldorado, llegando a contabilizarse más de un centenar y medio de estos establecimientos a principios del siglo XX.
Por lo que respecta a Montmartre, éste será famoso por su vida bohemia a partir de que a finales de 1860 comience a establecerse en él la nueva generación de cabarets. Recintos que serán el alma de lo que se denominará como la “Belle Époque” (Bella Época) parisina, que entre 1880 y 1910 tuvo su momento de mayor esplendor: el Folies Bergère, el Moulin de la Galette, El Mirliton, el Moulin Rouge, La Scala, Le Divan Japonais, el Bataclan, La Cigale y L’Auberge du Clou, así como el Bal Bullier y el Élysée Montmartre, entre muchos otros.
No obstante, de entre todos ellos, el más icónico fue Le Chat Noir (El Gato Negro), propiamente el primer cabaré realmente moderno, fundado el 18 de noviembre de 1881 por Louis Rodolphe Salis (1851-1897) de Châtelleraut, en el que los artistas de vanguardia esperaban convivir para poder declamar sus poemas, cantar sus canciones y vender sus obras plásticas, no estando exentos de realizar comentarios políticos y satíricos en los que se promovía la crítica a las costumbres y moral de la época, sobre todo a cargo de los chansonniers (cancioneros) mordaces y de tendencia anarquista.
Entre los bailes que cobraban vida en sus interiores destacaban lo mismo valses que galops, cotillones, contradanzas, lanceros, polcas, mazurcas, friscas, los primeros tangos que llegaban desde la América meridional, como el célebre cancán que, a partir de la opereta “Orfeo en los Infiernos” (1858) de Jacques Offenbach, pronto se volvió la danza de moda en todos los cabarés parisinos. Por algo a la entrada del cabaret se advertía: “¡Paseante, detente! Este edificio fue consagrado por voluntad del destino a las Musas y a la Alegría bajo los auspicios del Gato Negro. ¡Paseante, sé moderno!”