Charles Bukowski | La senda del perdedor
Te compartimos capítulos de la novela autobiográfica del considerado último escritor "maldito" de la literatura estadounidense
Traducción de Jorge G. Berlanga y Ernesto Giménez-Caballero Alba
Byron Hernández / El Sol de México
Editorial Anagrama
Barcelona
1
Nos solía visitar a menudo después de que viniésemos a América, cogiendo el tranvía rojo de Pasadena a Los Ángeles. Nosotros sólo la íbamos a ver en contadas ocasiones, viajando en el Ford T.
–¿Te quieres estar quieto? –dijo mi padre a voz en grito.
–Deja al chico que toque el piano –dijo mi abuela.
Mi madre sonrió.
–Este chico es un caso –dijo mi abuela–. Cuando traté de levantarle para darle un beso, fue y me pegó un golpe en plena nariz.
Siguieron hablando y yo seguí tocando el piano.
–¿Por qué no afinas ese aparato? –preguntó mi padre.
Entonces me dijeron que íbamos a ir a ver a mi abuelo. Mi abuelo y mi abuela no vivían juntos. Me dijeron que mi abuelo era un mal hombre, que le apestaba el aliento.
–¿Por qué le apesta el aliento?
No me contestaron.
–¿Por qué le apesta el aliento?
–Porque bebe.
–Henry –me dijo–, tú y yo nos conocemos. Entra en casa.
Me tendió la mano. Al acercarme, pude sentir el olor de su aliento. Era muy fuerte, pero de cualquier forma él era el hombre más hermoso que había visto nunca, y yo no tenía miedo.
Entré en su casa con él. Me llevó hasta una silla.
–Siéntate, por favor. Me alegro mucho de verte.
Entró en otro cuarto. Entonces salió con una pequeña caja de hoJalata.
–Es para ti. Ábrela.
Tenía problemas con el cierre, no podía abrirla.
–Espera –dijo–, déjame a mí.
Soltó el cierre y me devolvió la caja. Levanté la tapa y vi la cruz, una cruz de hierro alemana con distintivo.
–Oh, no –dije yo–, no puedo aceptarla.
–Es tuya –dijo él–, no es más que una vieja condecoración.
–Gracias.
–Será mejor que te vayas ya, deben estar preocupados.
–Está bien. Adiós.
–Adiós, Henry. No, espera...
Me detuve. Él buscó en uno de sus bolsillos con un par de dedos, mientras sostenía una larga cadenilla de oro con su otra mano. Entonces me dio su reloj de bolsillo de oro, con la cadena.
–Gracias, abuelo...
Ellos estaban esperando afuera. Yo subí al coche y partimos. Hablaron de muchas cosas durante el viaje. Siempre estaban hablando, y no pararon en todo el camino hasta casa de mi abuela. Hablaron de muchas cosas, pero no dijeron ni una palabra de mi abuelo.
2
–Un hombre se puede partir el brazo haciendo esto. Pega unas coces como las de un caballo.
Mi padre fumaba cigarrillos Camel y conocía muchos juegos y trucos con los paquetes de Camel. ¿Cuántas pirámides hay aquí? Contadlas, vamos. Las contábamos y luego nos mostraba que había más.
Tenía también trucos sobre las jorobas de los camellos y acerca de las palabras escritas en el paquete. Los cigarrillos Camel eran cigarrillos mágicos.
Hubo un domingo en particular que recuerdo perfectamente. La cesta de picnic estaba vacía. Aún así seguíamos viajando a través de las plantaciones de naranjos, alejándonos más y más de nuestra ciudad.
–Papá –dijo mi madre–, ¿no crees que vamos a quedarnos sin gasolina?
–No, vamos bien de gasolina.
–¿Adónde vamos?
–¡Voy a coger unas cuantas naranjas!
Mi madre se quedó sentada muy rígida mientras seguíamos la marcha. Entonces mi padre se fue a un lado de la carretera, aparcó cerca de una valla de alambre y nos quedamos allí quietos escuchando. Luego mi padre abrió la puerta de una patada y salió.
–Coge la cesta.
Saltamos la valla.
–Seguidme –dijo mi padre.
–Papá, ya tenemos bastantes –dijo mi madre.
–Y un cojón.
Siguió arrancando.
Entonces apareció un hombre, un hombre muy alto. Llevaba una escopeta.
–Muy bien, capullo. ¿Qué crees que estás haciendo?
–Estoy cogiendo unas naranjas. Aquí hay naranjas de sobra.
–Éstas son mis naranjas. Y ahora escucha, dile a tu mujer que las eche al suelo.
–Hay un jodido montón de naranjas por aquí. Usted no va a echar en falta unas pocas jodidas naranjas.
–No voy a echar en falta ninguna naranja. Dile a tu mujer que las eche al suelo.
El hombre apuntó a mi padre con su escopeta.
–Échalas –le dijo mi padre a mi madre.
Las naranjas rodaron por el suelo.
–Ahora –dijo el hombre–, largaos de mi plantación.
–Usted no tiene necesidad de todas estas naranjas.
–Yo sé lo que necesito. Fuera de aquí.
–¡Deberían colgar a los tipos como usted!
–Yo soy la ley aquí. ¡Fuera he dicho!
–¡Pon en marcha esa maldita caja de galletas! –gritó.
Mi padre se dispuso a darle de nuevo a la palanca.
–No estamos en su propiedad. ¡Podemos estar aquí todo el tiempo que nos parezca!
–¡Y un carajo! ¡Saquen esa cosa de aquí, y rápido!
–No vuelvan por aquí –dijo el hombre–, o la próxima vez no saldrán tan bien parados.
Mi padre salió con el Ford T. El hombre seguía de pie junto a la carretera. Mi padre se puso a conducir muy deprisa. Entonces aminoró la marcha y dio un giro de noventa grados. Regresó a donde había estado de pie el hombre. Ya no estaba. Volvimos hacia la ciudad.
–Pienso regresar un día y ajustarle las cuentas a ese hijo de puta –dijo mi padre.
–Papá, tomaremos una buena cena esta noche. ¿Qué te gustaría? –preguntó mi madre.
–Chuletas de cerdo –contestó él.
Nunca le había visto conducir tan deprisa.
3
Mi padre tenía dos hermanos. El más joven se llamaba Ben y el mayor se llamaba John. Los dos eran alcohólicos y mangantes. Mis padres hablaban a menudo de ellos.
–Ninguno de los dos vale para nada –decía mi padre.
–Vienes de una mala familia, papá –decía mi madre.
–¡Pues tu hermano tampoco vale para nada!
El hermano de mi madre vivía en Alemania. Mi padre hablaba a menudo mal de él.
Tenía otro tío, Jack, que estaba casado con la hermana de mi padre, mi tía Elinore. Yo nunca había visto a ninguno de los dos porque se llevaban mal con mi padre.
–¿Ves esta cicatriz en mi mano? –preguntaba mi padre–. Bueno, ahí es donde me clavó Elinore un lápiz afilado cuando yo era casi un niño.
La cicatriz nunca ha llegado a desaparecer.
A mi padre no le gustaba la gente. Yo tampoco le gustaba.
–Los niños deben ser vistos, pero no se les debe oír –me decía.
Ocurrió un domingo por la tarde en que no estaba la abuela Emily.
–Deberíamos ir a ver a Ben –dijo mi madre–. Se está muriendo.
–Se llevó casi todo el dinero de Emily. Lo tiró en el juego, las mujeres y la bebida.
–Ya lo sé, papá.
–A Emily no le queda dinero para dejarnos cuando se muera.
–Deberíamos de todas formas ir a ver a Ben. Dicen que sólo le quedan dos semanas de vida.
–¡Está bien! ¡Está bien! ¡Iremos!
–A Emily le debe estar costando un montón de dinero el tener a Ben allí arriba.
–Puede que Leonard esté ayudando.
–Leonard no tiene nada. Se lo ha gastado todo en bebida y en el juego.
–A mí me gusta el abuelo Leonard –dije yo.
–A los chicos se les debe ver, pero no oír –dijo mi padre. Luego siguió–: Ah, Leonard sólo era bueno con nosotros cuando estaba borracho. Bromeaba y nos daba dinero. Pero al día siguiente era el hombre más antipático y violento del mundo.
El Ford T subía muy bien la carretera de la montaña. El tiempo era claro y soleado.
–Hola, Ben –saludó mi madre.
–Hola, Katy. –Entonces me miró a mí–. ¿Éste es Henry?
–Sí.
–Sentaos.
Mi padre y yo nos sentamos.
Mi madre siguió de pie.
–Te hemos traído estas flores, Ben. No veo ningún jarrón.
–Son unas flores muy bonitas, gracias, Katy. No, no hay jarrón.
–Iré a buscar uno –dijo mi madre.
Salió de la habitación con las flores en la mano.
–¿Dónde están ahora todas tus novias, Ben? –preguntó mi padre.
–Vienen de vez en cuando.
–Seguro.
–Te digo que vienen de vez en cuando.
–Estamos aquí porque Katherine quería verte.
–Lo sé.
–Yo también quería verte, tío Ben. Creo que eres un hombre muy guapo.
–Como mi culo –dijo mi padre.
Mi madre entró en la habitación con las flores colocadas en un jarrón.
–Ya está. Las pondré en esta mesa junto a la ventana.
–Son unas flores muy bonitas, Katy.
Mi madre se sentó.
–No podemos quedarnos mucho tiempo –dijo mi padre.
El tío Ben buscó bajo el colchón y su mano sacó un paquete de cigarrillos. Cogió uno, raspó una cerilla y lo encendió. Pegó una larga calada y expulsó el humo.
–Sabes que no puedes fumar cigarrillos –dijo mi padre–. Sé cómo los consigues. Esas putas te los traen. Bueno, se lo pienso decir a los doctores y voy a hacer que no permitan venir a esas malditas prostitutas.
–No seas un mierda –protestó mi tío.
–¡Tengo el suficiente juicio como para quitarte ese cigarrillo de la boca! –dijo mi padre.
–Nunca has sido una buena persona –dijo mi tío.
–Ben –intervino mi madre–, no deberías fumar, te va a matar.
–He tenido una buena vida –dijo mi tío.
–Nunca has tenido una buena vida –dijo mi padre–. Todo el día vagueando, pidiendo dinero prestado, yendo de putas, emborrachándote. ¡No has trabajado un solo día en toda tu vida! ¡Y ahora te estás muriendo a los veinticuatro años!
–No ha estado mal –dijo mi tío. Le pegó otra calada al Camel, luego echó el humo.
–Vámonos de aquí –dijo mi padre–. ¡Este tipo está loco!
Mi padre se levantó. Luego se levantó mi madre. Luego yo.
–Adiós, Katy –dijo mi tío–, y adiós, Henry–. Me miró para indicar a qué Henry se refería.
Seguimos a mi padre por los pasillos del sanatorio y salimos al aparcamiento hasta el Ford T. Subimos, se puso en marcha y comenzamos el viaje montaña abajo por la serpenteante carretera.
–Deberíamos habernos quedado un rato más –dijo mi madre.
–¿No sabes que la tuberculosis es contagiosa? –dijo mi padre.
–A mí me parece un hombre muy guapo –intervine yo.
–Es la enfermedad –dijo mi padre–. Les da ese aspecto. Y además de la tuberculosis, ha cogido también muchas otras cosas.
–¿Qué cosas? –pregunté yo.
–No te lo puedo decir –contestó mi padre. Siguió manejando el volante del Ford T bajando por la tortuosa carretera de montaña mientras yo me preguntaba qué había querido decir.






















