Entre las piezas expuestas sobresalen numerosos fragmentos de porcelanas chinas de la dinastía Ming, que corresponde al periodo entre 1574 y 1576, durante la etapa temprana de la ruta de los galeones de Manila.
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FRAGMENTO DE porcelana de la dinastía Ming. Localizado en la costa del Océano\n Pacífico, en el Estado de Baja California.
Cientos de objetos asiáticos que naufragaron cerca de las costas de Baja California, a finales del siglo XVI, a bordo del Galeón de Manila, regresaron a tierra. Entre las dunas de la playa aparecieron a los ojos de exploradores norteamericanos. Cuando éstos dieron aviso del suceso al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), se desarrolló un proyecto de investigación que en 2016 cumple 17 años. Una importante colección de las primeras piezas rescatadas por arqueólogos terrestres y subacuáticos es mostrada en la exposición Tesoros de un galeón perdido.
La muestra fue abierta al público en Caracol, Museo de Ciencias y Acuario, en Ensenada, Baja California, para compartir la historia de una de las embarcaciones de la enigmática flota que surcó durante 250 años el Océano Pacífico, de Acapulco, en la Nueva España, a la bahía de Manila, en isla Luzón, Filipinas, y unió tres continentes: Asia, América, y Europa. El intercambio comercial también permitió el contacto de culturas inimaginables entre sí, separadas por miles de kilómetros de agua salada.
Los galeones que hacían el viaje eran embarcaciones del imperio español que llegaron a alcanzar mil 200 a mil 500 toneladas. En el puerto novohispano se estibaban productos europeos y plata de los antiguos virreinatos de México y Perú, y en la bahía de Manila, las naves eran abarrotadas de tesoros de China, Persia o Japón: especias, telas de seda, marfiles, porcelanas finas y perfumes.
La mayoría de los vestigios recuperados por la arqueología son solo fragmentos de objetos, casi todos asiáticos, pero ricos en información. Ahora, los sobrevivientes del naufragio son ráfagas de tiempo salidas del mar para contar la historia de lo que se intercambiaba a través de aquellas legendarias embarcaciones, y también testigos del reto que significó transitar por el Pacífico, de América a Oriente, en el siglo XVI.
Tesoros de un galeón perdido exhibe más de 200 objetos recuperados por un equipo de investigación interdisciplinario del INAH y de universidades estadunidenses de California, que inició sus trabajos en 1999 y los continúa hasta la fecha. Los estudios están encabezados por la arqueóloga Pilar Luna, titular de la Subdirección de Arqueología Subacuática del INAH, con apoyo de investigadores del Centro INAH-BC y del historiador náutico Edward Von der Porten.
El análisis multidisciplinario ha aportado datos fundamentales para conocer a uno de los galeones que zarpaban a mediados del siglo XVI de Manila con rumbo a Acapulco, pese a que muchos se hundieron, son contados los restos de naves encontrados hasta hoy. Se tiene la hipótesis de que los objetos presentados en la muestra son del Galeón de Manila “San Felipe”.
En las vitrinas también lucen su historia diversas vasijas utilizadas para almacenar alimentos y transportar finas especias, y piezas de metal, como la réplica de un objeto usado como soporte para brújula de navegación, de los pocos que se han recuperado de aquella época. La cerámica ha sido datada entre 1574 y 1576, y a partir de estas fechas se calcula que pudo ocurrir el naufragio.
También se presentan bloques de cera, la cual pese a estar cubierta de sal, oscurecida y contraída después de cuatro siglos en la playa, aún conserva su consistencia y olor. El guion museográfico explica que la elevada demanda de velas para la Iglesia católica en la Nueva España se resolvió con las importaciones a través del Pacífico.
La muestra está enriquecida con piezas gráficas. En un dibujo holandés de 1647, acervo de Osterrcich National Bibliotek, se avista la multiétnica Manila, conquistada por Fernando de Magallanes en 1521: aproximadamente mil españoles vivían en la zona amurallada. Detrás de ella, a la izquierda están los suburbios chinos y a la derecha se hallan los principales vecindarios filipinos donde vivían decenas de miles. En tanto, cerca del fuerte y los astilleros Cavite, donde se reparaban y fabricaban las naves, se agrupan galeones.
En otra ilustración holandesa aparecen Las Molucas o Islas de la Especiería. El Galeón de Manila hizo posible el sueño imposible de Cristóbal Colón: llegar a las especierías asiáticas. Las sustancias aromáticas de vegetales orientales que le dieron sabor a las insípidas dietas de Europa generaron enormes fortunas, el control sobre su comercio llevó a los europeos a guerras mutuas y con potentados asiáticos.
El destino final del Galeón, si llevaba buena fortuna y concluía el viaje desde Manila, era la Feria de Acapulco. Ahí los comerciantes compraban las sedas, porcelanas y especias para su distribución en la capital de la Nueva España y el Virreinato del Perú; a lomo de mula, las mercancías salían con destino a los mercados de Puebla y Xalapa y al Puerto de Veracruz, donde eran embarcadas nuevamente para viajar, vía La Habana, hasta los puertos españoles de Sevilla o Cádiz. De regreso a las islas Filipinas, llamadas así en honor del rey español Felipe II, además de los lingotes de plata americanos, el Galeón transportaba comerciantes, funcionarios, soldados alistados, criados, esclavos y marineros.
Durante la travesía de alrededor de 16 mil kilómetros no faltaron enfermedades, debido a que los hombres permanecían a bordo de las naves, cinco meses de ida y hasta siete de regreso. La más común fue el escorbuto, causada por falta de vitamina C en los alimentos, que por lo regular consistían en pescado, carne salada, frijoles, garbanzos, pan duro, aceite de oliva, cerveza, vino, agua y fruta seca. Mucha gente murió y sus cuerpos fueron arrojados al mar.
Antes de la travesía, los marineros escoraban sus galeones: los rodaban en aguas poco profundas para reparar y limpiar los cascos de organismos marinos que disminuían la velocidad de la nave, cambiaban de lugar las piedras de lastre y ajustaban un cabrestante (torno al que se enrollaba una cuerda para mover la embarcación) en una playa, sin jalar mucho para no romper el mástil, de tal forma que la nave se inclinaba gradualmente y podía lavarse.
El viaje hacia el oeste de México, con destino a Manila, siempre era en línea recta, en un mar calmado, como si los galeones surcaran un canal. Durante dos siglos y medio el viaje al este, con dirección a Acapulco, fue de los más penosos del mundo: al escorbuto se sumaban los vientos huracanados.
La travesía de ida y vuelta fue continuamente acechada por piratas. Una pintura del artista británico John Cleveley (1747-1786), acervo de National Trust Photo Librery, da cuenta exagerada de la captura del Galeón “Nuestra Señora de Covadonga”, que durante su trayecto a Manila, en 1743, fue interceptado por el comodoro George Anson, a bordo de su “HMS Centurión”. Anson se hizo rico en 90 minutos de lucha; “Centurión” era un barco de mil toneladas y el galeón español de solo 700.
El recorrido por Tesoros de un galeón perdido concluye con un recuento del trabajo arqueológico realizado para recuperar los objetos y las historias que cada uno cuenta: fragmentos de artefactos que emergieron del mar como sobrevivientes de un naufragio para revelar secretos a quienes los estudian. Luego de itinerar por museos marítimos de las ciudades de San Francisco, Santa Bárbara y San Diego, California, en Estados Unidos, la exhibición continúa su recorrido en municipios de Baja California. Montada con la curaduría del arqueólogo Fernando Oviedo García, la muestra permanecerá abierta al público hasta principios de febrero de 2017, en el Caracol, Museo de Ciencias y Acuario, en la ciudad de Ensenada.