Castigo a remesas y puerta cerrada al genio
Cuando era niño, estudié tercero y cuarto de primaria en Texas, en la escuela Arlington Heights. Fue allí donde conocí a Ali, un chico callado que apenas hablaba inglés. Sus papás eran migrantes pakistaníes y limpiaban oficinas por las noches. Nadie le prestaba mucha atención.
Años después supe que había terminado ingeniería, trabajó en tecnología médica y llegó a dirigir una fundación que conecta inteligencia artificial con salud pública. Me acuerdo de él ahora que Estados Unidos, el país que lo formó, empieza a cerrar la puerta a jóvenes como él.
Trump no es el único responsable. Hay quienes en el Congreso callan, quienes en el Senado consienten y quienes en los medios aplauden. Pero la pregunta es clara: ¿Puede un país que aspira a liderar el futuro, darse el lujo de cerrarle la puerta al genio?
Yo solo sé que si Ali fuera joven hoy, tal vez ni siquiera obtendría la cita para la visa. Y que si sus padres, en vez de limpiar oficinas en Texas, mandaran remesas desde el extranjero, también serían castigados. Y así, Estados Unidos perdería dos veces: perdería al talento… y perdería el corazón.

















