Cuando el silencio también toma partido
Por Azul Miranda Hurtado
No todos participaron.
Pero muchos callaron.
Y ese silencio, cómodo y calculado, fue presentado como neutralidad.
Vivimos en una época que romantiza el no posicionarse. “Yo no me meto en política”, “hay que escuchar a ambos lados”, “no todo es blanco y negro”. Frases que suenan razonables, incluso responsables, pero que funcionan como una anestesia moral: reducen la urgencia y diluyen la responsabilidad.
Porque no posicionarse no es quedarse fuera del conflicto.
Es quedarse dentro del sistema que lo produce.
La neutralidad, en estos casos, no es equilibrio. Es conveniencia.
Cuando Trump normalizó discursos de odio y cuestionó procesos democráticos, no fue solo su figura lo que importó, sino la cantidad de actores que relativizaron sus acciones o prefirieron guardar silencio. No por falta de información, sino porque confrontarlo implicaba perder aliados, votos o estabilidad.
Con Epstein ocurrió algo aún más brutal. Durante años, rumores y denuncias circularon en círculos de poder. Sin embargo, muchos optaron por no involucrarse. Hablar significaba incomodar a personas influyentes. La neutralidad funcionó como una red de protección para el agresor, no para las víctimas.
El problema es que el silencio casi nunca protege al más vulnerable. Protege a quien ya tiene poder.
Esta lógica no se limita a las élites. Se reproduce en lo cotidiano: en la empresa que “prefiere no pronunciarse”, en la institución que investiga sin consecuencias, en la persona que presencia una injusticia y decide no intervenir para no meterse en problemas.
A veces no es ignorancia. Es miedo.
Miedo a incomodar, a perder aceptación, a pagar el precio de tomar postura.
No se trata de exigir opiniones perfectas ni convertir todo en una batalla moral. Se trata de reconocer que la neutralidad no es un espacio vacío. Es una decisión que suele beneficiar al más fuerte y dejar intacto aquello que genera la injusticia.
Tal vez la pregunta no sea cuándo posicionarnos.
Tal vez sea cuántas veces hemos llamado neutralidad a lo que, en realidad, es una forma cómoda de mirar hacia otro lado.
















