Hoy en día la información parece ser más rápida que las balas. Comenzamos la mañana revisando el celular y antes de salir de la cama vemos imágenes de bombardeos, edificios destruidos y personas huyendo en tiempo real. Gracias a las redes sociales, la guerra es parte del desayuno y para la hora en la que estamos llegando al trabajo podemos enterarnos de la situación en Ucrania, Gaza y Sudán. Esto, a pesar de ser un gran beneficio de la tecnología humana, también representa un gran problema: La normalización de la guerra como espectáculo.
Antes la guerra era lejana, trágica y temida; era mediada por periodistas y narrada con solemnidad. Hoy, pasó de ser acontecimiento a ser contenido: Son memes, análisis sesgados, fanatismo político y sensacionalismo en busca de likes. Ya no presenciamos la guerra, la consumimos.
El sufrimiento humano se filtra por nuestras afinidades políticas antes de ser reconocido como sufrimiento y no reaccionamos con horror ante él, reaccionamos como si fuera una liga deportiva. No buscamos entender el conflicto, sino buscamos a quien apoyar y confirmar que nuestra decisión fue la correcta, sin reconocer activamente a las víctimas, dejando de percibirlas como individuos.
El problema ya no solo es la guerra y los horrores que trae consigo. Sino que la sociedad está perdiendo la capacidad emocional de percibirla como tragedia humana. La deshumanización ya no ocurre en el campo de batalla, ocurre primero en la conversación pública, cambiando la forma en la que la experimentamos. Hay mucho menos rechazo social a la violencia debido a la indiferencia moral mediada por algoritmos. Es lo que Hannah Arendt presenta como La Banalidad del Mal y lo que se observa cuando estudiamos genocidios: Muchas veces la violencia extrema no viene de un odio profundo, sino de la incapacidad de empatizar y reconocer moralmente al otro. Porque cuando la muerte, el miedo y la guerra son parte de nuestra vida cotidiana y la violencia y el mal se normalizan, la sociedad aprende a no percibir la violencia como violencia.
Como nos explica Johan Galtung: La paz no depende sólamente de los gobiernos; depende de nuestra capacidad de empatizar con los demás. La paz no empieza cuando callan las armas. Empieza cuando volvemos a percibir el sufrimiento ajeno como propio. Por eso, mientras la guerra sea un espectáculo, la paz será solo una aspiración: El mayor riesgo de nuestra época no es la guerra, sino acostumbrarnos a ella.