Disco duro / La soledad de Venezuela
Trump no fue por democracia a Venezuela ni a combatir a ningún cártel, fue por petróleo y a lucirse con su electorado para el 2027.
La izquierda latinoamericana condenó tibiamente la captura de Maduro, llamó (eso sí, “enérgicamente”) a que la ONU y la OEA rechazaran la invasión; pero ninguno rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos, ni llamó a consultas a su embajador. Nadie mencionó a Trump por su nombre.
Es decir, todo mal para el pueblo venezolano, que es el único que se va a quedar en medio de disputas geopolíticas que no son suyas ni responden a sus intereses. Hoy los venezolanos están más solos que hace una semana.
Y no porque les conviniera que Maduro siguiera en el poder, sino porque el ataque del sábado pasado lejos de mover los equilibrios de poder internos, sólo los puso al servicio de una potencia extranjera con ambiciones extractivistas. ¿Cómo se sale de un atolladero así?
Lo que queda a la vista es un silencio incómodo: el de una región que ya no se atreve a confrontar abiertamente a Washington y el de una comunidad internacional más preocupada por la estabilidad del mercado energético que por la soberanía de un país. El pisoteado Estado de Derecho mundial es lo de menos.
Esa prudencia calculada no es neutral; tiene efectos concretos, y uno de ellos es que, en los hechos, el pueblo de Venezuela se ha quedado sin interlocutores claros ni aliados confiables.
Tal vez la salida del atolladero empiece por reconocer ese límite: no habrá solución duradera mientras Venezuela siga siendo tratada como botín o moneda de cambio.
No hacerlo sería quedarse solamente a administrar la soledad venezolana.

















