La negación como arma política (I)
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Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión¿Qué significa negar? Negar implica declarar la no existencia de algo, contradecir la verdad de otro. Es, en consecuencia, la deslegitimación de que algo pueda existir o que algo pueda ser verdad, propiciando con ello que el negar se erija en construcción de una realidad y verdad alternas.
Negar es, en suma, un enfrentar que deriva en desacuerdo, rivalidad, confrontación y, por tanto, oposición. Ahora bien ¿qué diferencia hay entre el negar y el negacionismo? Una diferencia abismal. Negar es un acto dotado de individualidad. El negacionismo es, en cambio, una construcción que va más allá de la mera negación. Es una postura ideológica caracterizada por adoptar una posición de rechazo sistemático frente a hechos aceptados por una determinada comunidad, principalmente científica o histórica.
Al respecto, si bien han existido quienes han hecho del negacionismo su praxis de vida, sea en lo personal o en lo colectivo, el negacionismo más próximo a nosotros comenzó fundamentalmente a desarrollarse a partir de mediados del siglo XX y desde entonces ha continuado germinando hasta la fecha. Antes, ya habían existido negacionistas, comenzando por los que negaban y niegan que la Tierra no fuera plana o que ésta fuera la que girara en torno al Sol. Cuántos más ha habido que han negado la teoría de Darwin sobre la evolución del ser humano, el cambio climático o los beneficios de las vacunas, entre tantos otros temas. Sin embargo, uno de los negacionismos más peligrosos y dañinos es el que se ha gestado a partir del negar el acaecimiento de los horrores inconcebibles cometidos por el propio ser humano durante la Segunda Guerra Mundial (SGM). Sí, son los negacionistas principalmente de la “Shoa”, de los campos de concentración y de exterminio: los negacionistas del holocausto nazi que se autoproclaman como “revisionistas” de la historia.
Sin embargo, el negacionismo que se vincula con la interpretación histórica, no es equivalente del revisionismo, ya que mientras éste plantea reinterpretar la historia -ya sea a partir de la consulta de las mismas fuentes o de otras-, lo cual no sólo es legítimo sino necesario para el avance científico del estado que guarda el conocimiento histórico, el negacionismo histórico -aún y cuando pueda proceder de académicos- está impregnado de una poderosa carga política de origen propagandístico. Así, el hecho de que se autodefinan como revisionistas no sólo es eufemístico sino ante todo terriblemente falso, ya que lo que realizan al negar lo acontecido no sólo implica minimizar o justificar tales horrores. Su principal y aviesa pretensión implica que, al borrar lo sucedido, pueden desnaturalizar la memoria y, por ende, borrar la verdad a fin de reescribir la historia, construyendo así una nueva historia: “su” historia. Por eso lo hacen.
Muchos negacionistas del holocausto comparten, por ejemplo, la ideología antisemita que impulsó el genocidio hebreo. Negarlo les permite contribuir a justificar y, sobre todo, a exonerar de toda responsabilidad al nazismo por semejante atrocidad, lo cual permitiría lograr su plena reivindicación de cara a las nuevas generaciones y ante la historia. ¿Qué hacen al respecto? En el caso de la SGM -el más evidente y, a pesar de todo, documentado ejemplo de horror extremo- resulta imprescindible acudir a lo declarado por el propio Heinrich Himmler, el monstruoso cerebro de la “solución final”, el gran ideólogo del exterminio judío, para poder entenderlo. Sí, el general nazi que en octubre de 1943, al pronunciar diversos discursos ante el Ayuntamiento polaco de Posen a los líderes del Reich (“Reichsleiters”) y los líderes de zona (“Gauleiters”) -discursos que formarían parte de los documentos preparatorios para los Juicios de Nüremberg como 1919-PS-, ordena alterar cifras y destruir todo tipo de registros, hornos crematorios, cámaras de gas y demás indicios que pudieran dar fe de los crímenes de lesa humanidad que habían cometido y que estaban cometiendo. Su objetivo inmediato: que todo quedara en secreto, debiendo ser sólo “escuchado y nunca discutido”, para garantizar su éxito.
Falsificar deliberadamente la realidad y los hechos, empleando argumentos pseudohistóricos, deviene así para el negacionista en mecanismo ideal para confrontar las verdades incómodas, negando incluso las pruebas a pesar de su abrumadora contundencia: fotografías, documentos, testimonios de sobrevivientes y confesiones de los propios nazis. ¿Podría haber algo más perverso que el que los propios genocidas sean los que lo niegan, victimizándose frente a toda imputación de responsabilidad?
Sí. Sería aún más perverso que su negación fuera reconocida memoria legítima y su impunidad como justicia. Lo sería que, al negar sus crímenes, suplanten a la víctima, borrando al verdadero otro que ellos silenciaron. Peor sería que el mundo les creyera, olvidando a los exterminados y otorgándoles a la historia. Pero nada sería más perverso que creer en el asesino, disfrazado de mártir, haciendo de sus crímenes una virtud narrada por su propia mano. ¿Acaso no es criminal borrar la memoria del crimen? (Continurá)