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V. 1793-1794: El Gran Terror.- El Gran Terror de la dictadura jacobina no sólo acabó con la realeza, también con la historia a la que declaró su enemiga, decidido a finiquitar aquella que mediaba entre Roma y la Revolución al estar convencido de que era una especie de cuenco vacío que sólo podía ser llenado y redimido con y por los valores revolucionarios.
Por algo Léonard Bourdon de la Cronière remarcaba: en los archivos de la nación sólo deben existir los Derechos del Hombre y del Ciudadano, mientras Saint-Just espetaba: todo debe ser destruido para ser reescrito.
Pero el Terror no sólo acabó con la historia, pronto identificó a un nuevo enemigo: la religión, al ser una Revolución sin Dios porque ella misma era su propio Dios. El proceso fue simple: tras la sacralización del pueblo, emergió la ley como nuevo dogma en el culto revolucionario en el que, como Feuerbach advirtió, el hombre reemplazó al cristiano en la nueva religión civil. Neo-credo cuyo principal espacio sagrado emergente fue la fiesta revolucionaria consagrada a exaltar la libertad y el bienestar, pero también en la que todo el que no portara la “escarapela tricolor”, sería enjuiciado.
Aunado a ello y en gran medida impulsada por Jacques-René Hébert (1757-1794), el 17 de septiembre de 1793 es promulgada la “Ley contra los sospechosos”, no otros que aquellos que “por su conducta, por sus relaciones, por sus observaciones o por sus escritos, parecieran enemigos de la libertad” al ser contrarios a las decisiones del nuevo régimen (comprendidos los opositores de Robespierre), los cuales serían conducidos a prisión y guillotinados al ser considerados traidores de la República. Y Saint-Just lo explica: la guillotina “no los ejecutó”, “cumplió” con la ley, pues de acuerdo con la nueva espiritualidad revolucionaria sólo el buen ciudadano era el que acataba y vigilaba el respeto a la norma, denunciaba al contrarrevolucionario infiel y sabía morir por la República, transfigurándose en mártir virtuoso en nombre de la libertad.
En tiempos de paz, el principal instrumento de un gobierno popular es la virtud, pero en plena revolución, a la virtud se sumará el terror y Walter Benjamin (1892-1940) así lo confirma cuando califica de “violencia divina”: “Voz populi, vox dei”, a la praxis política ejercida por el Gran Terror. Una violencia que pronto fue arropada por otro nuevo culto, emanado de un sincretismo que fusionaba elementos ideológicos derivados del antiguo Egipto, ritos masónicos y arte neoclásico, al tiempo que en el epicentro situaba a la Razón y, más tarde, a un Ser Supremo.
Las primeras manifestaciones del siguiente credo revolucionario comenzaron hacia noviembre de 1793 a cargo de los hebertistas o “exagerados”, el ala más radical de los jacobinos que procedía del grupo de los “cordeleros”, así llamados por reunirse en un convento franciscano portando un cordón y tener en Hébert a su principal fuente de inspiración a través de su periódico “Le Père Duchesne”. Grupo del que formaron parte Joseph Fouché (1759-1820), Pierre-Gaspard Chaumette (1763-1794, autodenominado como Anaxágoras) y Antoine-François Momoro (1756-1794, “el primer impresor de la libertad”), quien además de anticlerical fue antiesclavista, racionalista y promotor del lema “Unidad, Indivisibilidad de la República; Libertad, igualdad, fraternidad o la muerte”.
Impulsores todos ellos no sólo de la substitución del calendario juliano y de su santoral por uno en el que los nombres de los meses estaban vinculados a plantas, animales y herramientas, sino ante todo de la ejecución de María Antonieta y de la descristianización, retiro de cruces y estatuas en los cementerios, así como conversión de las iglesias católicas en “Templos de la Razón y de la Filosofía”. Culto que el 10 de noviembre de 1793 (20 brumario) se volcó en la catedral de Notre-Dame para celebrar la Fiesta de la Razón, encabezada por la esposa de Momoro: Sophie Fournier como su encarnación, y en la que jóvenes con túnicas blancas y cinturones tricolores rodearon un fuego que se colocó en el altar mayor.
Pero esto no gustó ya a Robespierre: sólo cinco meses después, entre marzo y abril de 1794, temeroso de su creciente ordenó la muerte en la guillotina de todos ellos. No obstante, sabedor de que el pueblo necesitaba de una religión, no podía permitir que proliferara el ateísmo. Éste sería el crisol en el que apareciera un nuevo culto ahora dedicado a un Ser Supremo: el de la Virtud y el Terror.
El 7 de mayo (18 floreal), a declarará a la Convención Nacional: “Es necesario sofocar a los enemigos internos y externos de la República o perecer con ellos. En estas circunstancias, la primera máxima de nuestra política debería ser conducir al pueblo con la razón y a los enemigos del pueblo con el terror ... La base del gobierno popular en tiempos de revolución son la virtud y el terror. El terror sin virtud es asesino, la virtud sin terror es impotente. El terror es justicia rápida, severa e indomable; fluye, entonces, de la virtud”. (Continuará)