La pregunta que subyace a esta serie de acontecimientos es tan urgente como dolorosa: ¿qué nos dicen estos actos de nuestra sociedad, de nuestra ciudad, de nosotros mismos?
No basta con leyes ni con castigos. Hace falta una revolución ética que rehumanice nuestra vida cotidiana. Y esa rehumanización empieza en el lenguaje, en la mirada, en el gesto. En la decisión de no repetir lo que nos destruye.
La historia —como Penélope— teje y desteje los hilos del destino social. Hoy, nos toca a nosotros decidir si queremos seguir tejiendo odios o si estamos dispuestos a construir algo distinto.
“Una ciudad que no se mira a sí misma con honestidad está condenada a repetirse en sus fracturas.”
Tras la localización del alcalde de Taxco, Juan Andrés Vega Carranza, el secretario de seguridad, Omar García Harfuch, le atribuyó el hecho a la Familia Michoacana
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Por más que intentemos mirar hacia otro lado, la Ciudad de México nos devuelve la mirada como un espejo resquebrajado: una imagen difusa, llena de cortes, fracturas, heridas. Los recientes episodios de racismo y clasismo viralizados en redes sociales —encarnados en el ya tristemente célebre caso de “Lady Racista”—, sumados al creciente conflicto social que gira en torno a la gentrificación y sus efectos sobre los barrios históricos de la capital, son más que anécdotas escandalosas. Son síntomas. Son advertencias. Son el grito de un tejido social desgarrado, que no sólo sangra, sino que ha comenzado a desconocerse a sí mismo.
En un primer video, una mujer —Ximena N., de nacionalidad argentinomexicana— insulta a un oficial de tránsito por colocar un inmovilizador en su vehículo de lujo, estacionado irregularmente en la colonia Condesa. Lo llama “naco”, “indio”, y lanza una serie de improperios que evocan un racismo brutal y un clasismo ancestral. Pero no lo hace sola: instruye a sus hijos a filmar a la autoridad y replicar su desprecio, convirtiendo el odio en una lección heredada, una pedagogía de la violencia simbólica. La escena se repite, incluso con mayor agresividad, en un segundo video.
A los pocos días, otro foco de tensión aparece: manifestaciones contra la gentrificación derivan en ataques verbales hacia residentes extranjeros, algunos de los cuales son responsabilizados por la transformación urbana y el encarecimiento de zonas como Roma o Condesa. La protesta —necesaria y legítima— se contamina entonces de una xenofobia latente. El odio cambia de voz, pero mantiene el mismo tono.
Los jóvenes marcharon por varias calles hasta llegar al Ángel de la Independencia / Foto: Romina Solís / El Sol de México
Estos dos hechos, aparentemente opuestos, tienen una raíz común: la fractura del diálogo social, el desprecio del otro y la pulsión de marcar fronteras dentro de una ciudad que, históricamente, fue crisol de culturas, lenguas, clases y rostros. Hoy, ese crisol parece estar fundiéndose a una temperatura insostenible.
Lo inquietante de este presente no es sólo la violencia explícita de las palabras o los gestos, sino la **violencia estructural e inconsciente** que los precede. Hay una agresión social que se ha incubado durante años, que no necesita gritos para imponerse: está en las miradas que clasifican, en el lenguaje que excluye, en la arquitectura de la desigualdad. Esa violencia no se grita: se respira. Es una niebla densa que envuelve a la ciudad, que penetra en el inconsciente colectivo y moldea el modo en que pensamos al otro, al diferente, al que no encaja en la estética del privilegio.
Herbert Marcuse, en su teoría sobre la “represión excedente”, advertía que cuando una sociedad contiene demasiado sus tensiones, cuando reprime sin resolver, el resultado no es la armonía sino el estallido. Lo que emerge no es la razón, sino lo reprimido: el rencor, la rabia, el resentimiento. En términos psicoanalíticos, el inconsciente social —esa suma de miedos, mitos, deseos y traumas colectivos— se desborda cuando el yo social ya no puede sostener la máscara de civilidad. Así, una discusión por un parquímetro se convierte en un escenario de odio racial; una protesta vecinal se convierte en terreno fértil para la agresión contra el extranjero. Lo que parece una reacción exagerada es, en realidad, una válvula de escape de una presión más profunda: una ciudad que ha perdido el equilibrio entre su pulsión de progreso y su capacidad de convivencia.
La violencia, entonces, no es un accidente. Es el resultado de una acumulación de frustraciones, de injusticias no dichas, de humillaciones socialmente aceptadas. Pero también es una forma de lenguaje: cuando el diálogo se rompe, la violencia ocupa su lugar. No como argumento, sino como grito. No como razón, sino como síntoma. En ese sentido, los actos de “Lady Racista” no son simplemente despreciables; son también **expresivos**: nos hablan de una ciudad donde el inconsciente colectivo está saturado de agresiones no resueltas, de prejuicios sedimentados, de antipatías legitimadas por el miedo y la ignorancia.
Jean-Paul Sartre escribió que “quien acepta una injusticia en silencio, se convierte en cómplice de ella”. Hoy más que nunca, esa advertencia debe resonar entre nosotros. Porque el mal no necesita grandes discursos para sobrevivir: le basta con el silencio de los justos. No basta con no insultar, no discriminar, no expulsar. También es necesario no callar, no justificar, no mirar hacia otro lado.
Lo más alarmante no es que una mujer grite improperios frente a una cámara. Lo más alarmante es que muchas personas, al verla, piensen en voz baja: “yo también lo siento así, pero no lo digo”. El mal se perpetúa cuando se naturaliza. Y lo que comienza como una frase ofensiva en una calle puede terminar como una norma implícita en el corazón de una sociedad.
No hay salida fácil a este nudo gordiano que ata nuestra convivencia. Pero sí hay un punto de partida: reconocer la gravedad de la herida. Reconocer que el racismo no es un accidente. Que el clasismo no es una opinión. Que la xenofobia no es una defensa del territorio. Todos son síntomas de una enfermedad más profunda: la deshumanización del otro. Y en esa deshumanización, el inconsciente social juega un rol clave: no actúa con intención, sino con inercia, como una maquinaria sin dirección moral que solo sabe repetir lo que ha aprendido, lo que ha sufrido, lo que ha temido.
Debemos construir —no solo imaginar— un nuevo pacto social que restituya el valor de la empatía, de la escucha, de la diferencia como riqueza y no como amenaza. Debemos repensar nuestras ciudades como espacios de comunidad, no de competencia. Debemos educar a nuestros hijos, no para dominar al otro, sino para convivir con él. Enseñarles a nombrar lo que sienten sin recurrir al insulto; a pensar antes de odiar; a amar sin heredar el desprecio.
La Ciudad de México, con toda su complejidad, nos obliga a mirarnos. A ver en cada fractura del espejo social un reflejo de nuestras propias contradicciones. No podemos seguir ocultando el daño bajo la alfombra de la costumbre. Cada acto de odio, cada gesto de desprecio, es un ladrillo más en el muro que nos separa.