Se ruega reiniciar el corazón
Nos prometieron amor instantáneo. Recibimos ansiedad, stickers y un “visto” eterno. Hemos llegado, sin darnos cuenta, a una era en la que el amor ya no se vive: se administra.
¿El amor digital? Claro, nada dice ‘compromiso eterno’ como compartir la contraseña de Netflix. ¿Y si esa conexión profunda que sentiste era solo buena señal de WiFi? Lo único duradero parece ser la batería del celular y eso de algunos.
El amor, ese arte milenario que sobrevivió a guerras, pestes y cartas escritas a mano, hoy respira con dificultad entre double taps y mensajes que dicen: “¿Te pasa algo o ya no me quieres?”, justo después de haberlo visto “en línea” por última vez.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEmocionalmente freelance, sentimentalmente en veda permanente de ilusiones, y con más bugs que certezas. Como si el corazón hubiera sido subcontratado por Silicon Valley y ahora trabajara en una startup con horario flexible, pagos en promesas, y crisis existencial garantizada.
Las redes sociales son las nuevas catedrales del deseo. Se suplica incrementar el deseo cada vez más. El goce lacaniano “Kant con Sartre”’ En lugar de orar, posteamos. En lugar de confesar, editamos. Instagram, TikTok, Facebook… todo entra por los ojos, hasta el amor. Ya no se ama: se documenta que se ama. El romance es un evento público, con música cursi, aguacates perfectamente iluminados y frases copiadas de horóscopos de 2007. Una relación no es oficial hasta que no aparece en un reel. Un beso no cuenta si no hay al menos un comentario que diga: “Ustedes me devuelven la fe en el amor” (spoiler: nadie la tenía).
Luego están las apps de citas: supermercados afectivos 24 por 7 donde uno va a ver si encuentra algo para llenar el alma… o al menos pasar el rato. Tinder, Bumble, Hinge, OkCupid… un desfile de rostros, filtros, egos y bios que suenan a CV emocional: “Me gusta viajar”, “No busco nada serio... salvo que seas tú”, “Espiritual, pero con flow”.
Deslizar a la derecha o a la izquierda, ese gesto mínimo que antes solo servía para pasar la página del diario, hoy decide tu destino sentimental. El amor como catálogo: veloz, desechable, insatisfactorio y adictivo... Como comer papas fritas a las tres de la mañana. Parece buena idea. Hasta que no.
La mensajería instantánea tampoco ayuda: tierra fértil para los amores tibios. Relaciones que no llegan a ser relaciones: sexting sin cuerpo, audios sin voz real, corazones enviados por reflejo. Un “te amo” puede convivir, sin ironía, con un “jajaja dormí solo otra vez”. El compromiso se mide en stickers. La intimidad, en cantidad de caracteres.
Y, sin embargo, pese a todo este nuestro teatro digital, algo persiste: el melodrama. Una fe residual. Una ternura sin plataforma. Una absurda esperanza —a veces clandestina— de que el amor, de alguna forma, sobreviva. Que, entre tanto algoritmo, todavía haya espacio para un encuentro no programado, una mirada torpe, una palabra sincera sin opción de editar.
Porque hubo un tiempo —no tan lejano— en que el amor se decía en estampitas. “Amor es… compartir tu helado”. “Esperarlo, aunque se tarde”. Eran ingenuas, sí. Pero también dulces. Había juegos de la botella, chismógrafos, cartas dobladas en triángulo. Cortejos que duraban semanas. No había WiFi, pero había intención. No se necesitaba un filtro: bastaba con aparecer.
Quizá el problema no sea la tecnología, sino cómo la usamos para disimular la ausencia. Quizá amar hoy no implique desconectarse, sino reaprender la ternura entre emojis. Convertir una videollamada en refugio. Decir “te extraño” sin necesidad de un sticker con un oso abrazando un corazón.
El verdadero desafío tal vez sea inventar una forma de amor que resista el scroll, sobreviva a los likes, y se atreva —a pesar de todo— a ser de verdad. Porque amar, con todo lo que implica, sigue siendo el único acto subversivo que no puede descargarse desde ninguna app.
Y por si faltaba una última escena en esta tragicomedia 5G, aparece “X” —la red social antes conocida como Twitter— para cerrarnos el telón en la cara. Justo cuando pensabas que nadie pensaba en ti, alguien tuitea con tu nombre: “Ya te olvidé”. Una despedida pública con retuits, como si el olvido necesitara testigos. Marketing emocional con daños colaterales.
En esta sociedad hiperconectada, donde todo se mide en datos y se archiva en la nube, el amor ha sido reemplazado por vínculos efímeros disfrazados de intimidad digital. Nos creemos libres porque podemos elegir entre mil perfiles, pero somos prisioneros del swipe. El placer se obtiene al instante, el amor se desecha al primer silencio incómodo, y la profundidad emocional ha sido sustituida por “me gusta” estratégicamente colocados. Nos hemos vuelto expertos en comunicación, pero analfabetos del afecto
Así llegamos al presente: notificaciones silenciadas, citas con delay emocional, y selfies de la angustia. Ya no se busca al Otro —ese que, según Lacan, completaba nuestro agujero simbólico—; se desliza hacia él. A derecha o izquierda. Según el algoritmo del deseo y el estado de batería emocional.
Nos prometieron amor exprés, microondas del alma, y entregas afectivas en menos de 24 horas. Pero lo que recibimos fue otra cosa: una neurosis con WiFi. Freud se revolvería en su diván al ver que el inconsciente ahora responde con stickers, que el yo pide terapia por zoom, y que el superyó tiene cuenta verificada en Instagram.
El amor no ha muerto. Solo está funcionando en modo avión. Y mientras tanto, la psique escribe “te extraño” y lo borra antes de enviarlo. Porque en este mundo hiperconectado, el deseo ya no se expresa: se actualiza. En resumen: Cupido ya no lanza flechas. Ahora te clava el visto.