“En México nunca se ha practicado el sufragio ‘libre’, mucho menos el sufragio universal. Cuando se han hecho elecciones formales, el pueblo ha sido arrastrado a las urnas -iba yo a decir remolcado- o por los ‘leaders’ de partido o por las autoridades locales, y ha depositado su voto escrito -escrito por mano ajena-… Esa ineptitud de las grandes masas para el ejercicio de las supremas libertades políticas, combinada con las doctrinas jacobinas que se empeñan en conferirles el poder, es la causa de las tiranías que han asolado y siguen asolando las naciones latinas del Nuevo Continente”, denunciará en 1901 el abogado Manuel Calero y Sierra en su ensayo político intitulado “La nueva democracia”. ¿Por qué tan severas afirmaciones? En 1903 lo explicará en su nuevo ensayo “La Vicepresidencia de la República”: porque a las masas les faltaba educación política y “cuando un pueblo no está históricamente preparado para la democracia, necesita ser educado en el ejercicio gradual de las libertades públicas”. De ahí que recomendara limitar al sufragio, a riesgo de “sostener indefinidamente el régimen de la dictadura”.
Pero su temor no era en balde. Décadas atrás Porfirio Díaz -que llegara a la silla presidencial tras derrocar a Sebastián Lerdo de Tejada con el lema “Sufragio efectivo. No reelección”, al triunfar su revolución tuxtepecana-, tras impulsar dos reformas a la Carta Magna en favor de la reelección inmediata de las autoridades de los diversos órdenes de gobierno -desde las municipales hasta la presidencia de la República-, en diciembre de 1890 vio coronado su sueño cuando el Congreso aprobó por unanimidad la reforma al artículo 78 constitucional que establecía la reelección indefinida. Reforma que, de inmediato, se convirtió en una de las causas más agudas del descontento popular.
Meses atrás lo había advertido el propio Emilio Vázquez Gómez en su opúsculo “La reelección indefinida” (1890): aunque la sociedad callara frente a dicha reforma, históricamente ésta había sido “expulsada por la conciencia nacional con marcadas y merecidas muestras de repugnancia y odio de la esfera de nuestros principios constitucionales”, pues “el imperio de la tiranía tarde o temprano ha de venir, y permanecerá mientras viva el que la ejerza, quien por otra parte sabe, que si quiere, no habrá poder humano que lo haga descender de su puesto”.
En respuesta, Joaquín Clausell y Querido Moheno encabezan una manifestación estudiantil en contra de la reelección, pero el gobierno sofoca su reacción. En 1900, Díaz logra su quinta reelección, mientras Camilo Arriaga convoca en San Luis Potosí a un Primer Congreso Liberal (1901) en el que participarán numerosos intelectuales (jóvenes abogados, profesores, ingenieros, periodistas, médicos de clases media y baja), como los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, Antonio Díaz Soto y Gama, Juan Sarabia Juana Gutiérrez de Mendoza, Elisa Acuña, Alfonso Cravioto y María del Refugio Vélez. Nacerá entonces la Confederación de Clubes Liberales, erigiéndose el Club Liberal Ponciano Arriaga en Centro Director. Club que, en febrero de 1903, se dirá constituido para luchar por la fuerza del derecho, por la resurrección de las instituciones que les habían legado sus padres y para frenar el militarismo, toda vez que el gobierno, “caminando por la senda de su lamentable extravío político, lleva a la Nación por ese mismo camino, que es un camino de muerte… El sufragio es un cadáver”. Sí, los poncianistas no llamarán a los mexicanos a la revolución, sino a “salvar a la Patria y a discutir y poner en práctica inmediatamente los medios de esa preciosa salvación” dentro del marco del orden, el imperio de la ley y la libertad, tal y como los había concebido el Constituyente de 1856.
Pero Díaz, poseído por el mal de Hybris, no escucha los reclamos, no comprende los manifiestos y mucho menos admite la animadversión popular a su perpetuación en el poder, como lo confirma en 1904 su nueva reforma constitucional, ahora a los artículos 78 a 84, que prolonga a seis años la duración del periodo presidencial. El último agravio ocurrirá en marzo de 1908 al publicarse en el periódico “El Imparcial” una de las entrevistas de mayor trascendencia para la historia contemporánea de nuestra Nación: la entrevista Díaz-Creelman, que sostiene con el periodista norteamericano James J. Creelman en el Castillo de Chapultepec. En ella declara que ha esperado “pacientemente” porque llegue el día en que el pueblo esté preparado para escoger y cambiar a sus gobernantes “sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país”. “Creo que, finalmente, ese día ha llegado”, asegura.
La euforia se extiende en la sociedad mexicana, pero si había alguna esperanza de que pronto Díaz dejara la silla presidencial ésta se desvanece cuando, en 1910, presenta la que será su última candidatura a la presidencia de la República. Con ello no sólo se traicionará a sí mismo: traicionará a la voluntad popular al hacer abortar una vez más a la incipiente democracia mexicana. (Continuará)